Crónica Sanitaria

Dr. Dario González


Por Dr. Darío González

Lacenio Guerrero, el amigo, nos permitió en esta oportunidad hacer una entrevista para recoger sus experiencias, que consideramos de gran valor para los profesionales de la salud de estos tiempos, para las nuevas generaciones; son vivencias que narra a sus noventa años de vida. Es un malariologo y sanitarista de siempre, por tanto esta conversación es un homenaje a su trayectoria, y es un privilegio compartirlas con los lectores de esta revista, por su riqueza y además porque tienen la originalidad de ser contadas por el propio actor.

“Ingrese a la Malariología porque yo era médico rural en el Municipio Antolin del Campo, en Margarita, cuya capital es la Plaza. Me gradué en la Universidad Central de Venezuela, en el año 1941 y nací en Colón en el Estado Táchira. Tuve una infancia muy pobre, no tuve papá pero si mamá, Isabel Guerrero procedente oriunda de la Grita, quien me crió hasta los trece años. Ella me enseño a leer, me enseño a escribir, me enseño a sumar, entre otras cosas. Cuando fuí a la escuela ya sabía todo. Fuí hijo único. Pero luego apareció una parentela que no conocía. Era una época no comparable con la de ahora, en ningún sentido. En Colón no había medicatura rural, ni luz, ni agua potable, y la única vacuna que me colocaron fue la antivariólica, cuando tenía cinco o seis años.

Lacenio Guerrero: Un Sanitarista de siempre

Estudie hasta tercer grado en una escuela Municipal, y para esa época el padre de la parroquia  del pueblo había fundado un colegio, llamado Colegio Sucre. Entre los muchachos que aparecieron allá, estaba yo, me aceptaron y pagaba siendo monaguillo y ayudando al padre.

Cuando termine el sexto grado me tuve que ir de Colón. Allá no había secundaria y había que irse a otra parte y la más cercana era San Cristóbal donde el Liceo Simón Bolívar ya estaba montado.

“No tenía como pagar una pensión allá. Sin embargo en la capital tachirense había un señor que supuestamente era mi tío y unas personas allegadas le hablaron de su sobrino para que lo tuviese en su casa y le diera comida, pero como tenía otro pariente más cercano lo prefirió a el que a mí” </div>

El Dr. Guerrero entonces quedó desamparado,  El Municipio le ofreció ochenta Bolivares, pero no le alcanzaba para todos sus gastos, y aún cuando era mucho dinero en esa época, no era suficiente para cubrir alojamiento y comida.

Posteriormente apareció una señora, casada con su supuesto tío. Contínua: “Este era un hombre muy bien parecido, era dueño de la farmacia y además muy respetado en el pueblo. La esposa de este hombre empezó a decir que yo era familia de ellos y mi supuesto tío acepto que me quedase en su casa”.

Para esa época el padre del Dr. Guerrero, el comandante Francisco Gil Moreno, se encontraba en Barquisimeto en un batallón de tropa y la Señora Gil, hablo con él para que lo aceptara en su casa y parece que dijo que sí. “Total que yo me aparecí en la casa de él a finales de septiembre del año 1929, tenía trece años y ya habían comenzado las clases”.

Comenta Guerrero, que al llegar a la casa lo atendió esta Señora Gil quien lo recibió con los brazos abiertos. “Yo no sabía quien era ella ni porque conocía mi nombre, pero me abrazo, me beso”.

Esta Señora era una mujer , que se había ido de su casa para vivir con el papá del Dr. Guerrero, el comandante Francisco Gil Moreno. De esta unión nacieron nueve hijos, seis hembras y tres varones.“Ella fue la que me llevo al colegio La Salle de Barquisimeto y me inscribió. Ella fue la que me consiguió la beca, la ropa, los libros. Se hizo responsable de mí.”

Esta Señora tuvo un afecto de por vida hacia el Dr. Guerrero a pesar de ello, él comenta que no se porto bien con ella. Cuando término el bachillerato, recuerda Guerrero, ella le ofreció su casa para hacerle una comida al grupo de bachilleres que se habían graduado. “Nos dio vino y nos dijo unas palabras de despedida”.En los tiempos del General Gómez, cuando envían al joven Guerrero con apenas 17 años de edad para la capital. En ese momento comienza estudios, gracias a una beca, en la Universidad Central de Venezuela; una época en la cual en Venezuela, la palabra “comunista” pronunciada en un mitin político en el Teatro Nacional de Caracas, produjo tal desconcierto que la mayoría de los asistentes a dicho acto, se fueron y dejaron solo al orador. Eran tiempos de un país con una economía sostenida por la ganadería, el café y otros rubros agrícolas. Donde un novillo costaba veinte Bolívares, una hectárea de terreno en los llanos centro-occidentales tenía menos valor que una hectárea en la cordillera andina. Un país donde no había espacio para preocuparse por el valor de la moneda, porque esta tenía un solo patrón; un país que se iniciaba en el mundo del petróleo y la conformación de una nueva sociedad que todavía no acababa de tener perfil propio.

Poco tiempo después se produce la muerte del Benemérito tal como se llamaba en los pueblos al General Gómez, y Guerrero queda nuevamente desamparado. “Se acaba la beca, se acaba todo y viene la derrota total. Hasta a mi papá lo sacaron del ejército”.

Para ese momento quien tomó las riendas de la situación y salvó la familia fue la señora Gil, quien tenía para entonces tres hijos, chiquitos todos. “Y se entera que en mi pueblo mi papá había tenido otra familia, que eran cinco muchachos, chiquitos todos también”.

Cuenta Guerrero, que ésta Señora, embarazada, se dirige a aquel pueblo a rescatar aquella familia para traérsela para Caracas. Y da a luz allá en Colón, una hija, llamada Beatriz. “Yo tuve catorce hermanos pero han muerto dos varones. Las mujeres todas están vivas”.

Recuerda en su relato, que la primera de las hermanas que nació fue Pura, luego Soledad, Egleé, Beatriz. Después están Anunciata y Pilar. Y los varones son Francisco, Euclides y Humberto, quien murió. El otro es Dioni. “Yo soy el más viejo, acabo de cumplir noventa años ahorita, el pasado cinco de marzo”.

Una vez que Lila, nombre de pila de la Señora Gil, regresa a la Capital monta una pensión para poder sobrevivir con su familia que ahora incluía la que se había traído de Colón. Lacenio Guerrero, que estaba cursando el segundo año de medicina ya para pasar al tercero, se encontraba pasando unos días en la pensión,

en aquel entonces conoció al Dr. Rojas Contreras, quien lo había examinado en la materia de química en el primer año. “Yo sabía que él era de San Cristóbal y que era buena persona”.

Una tarde a eso de las cuatro, Guerrero se paró a las puertas de la clínica originalmente llamada Acosta Ortiz por donde entraba el Dr. Rojas Contreras y apenas llegó lo saludó y le explicó cual era su problema. Aquel hombre que simplemente había sido su profesor en los inicios de la carrera le contestó que no se preocupara que podía irse a vivir a aquella clínica cuando quisiera, que tendría habitación y comida. “Al día siguiente cogí mi maleta y me fui para allá y en aquel sitio estuve hasta que termine mi carrera de médico”.

Guerrero culmina sus estudios en el año 1941 y de allí se va para Margarita. Esto ocurre ya que el Jefe de la División de Medicaturas Rurales, Dr. Seferino Alegría, de quien había sido muy amigo en la universidad, le ofrece hacer el año rural en la isla que era la zona donde había vacantes.“El sueldo era de cuatrocientos Bolívares.”

Durante este tiempo ya se encontraba casado y tenía una hija de nombre Maruja. Según el Dr. Guerrero le colocó ese nombre por Maria Guerrero, quien a su juicio fue una gran mujer de teatro español que visitó Venezuela varias veces, a pesar de que nunca logró verla.

De Margarita posee recuerdos maravillosos…

“Llegue a una casa donde la mitad estaba caída, derrumbada . En ella había un corredor donde debía dormir el médico y un salón grande donde de se pasaban visitas. Yo tenía como escritorio una mesa y donde el equipo de la medicatura estaba conformado por tres cajones de madera que en aquella época se usaban para cargar kerosén y al lado tenía una lata de aceite de bacalao, una caja de espátulas de madera y un estetoscopio de Laenec, tenia como única fuente de luz una vela que costaba una locha” refiere.

La gente del pueblo lo quiso mucho, tanto es así que en una oportunidad le pidió a unos pescadores que le trajeran unos mejillones y una mañana durante una consulta le llevaron tres sacos, y así como eso le llevaban huevos y otros víveres que luego de común acuerdo con los pobladores eran vendidos en el mercado de Porlamar para luego comprar medicinas.

Fueron tiempos caracterizados por la presencia de algunas enfermedades como parasitosis, gripes y alergias, donde el Dr. Guerrero no sólo destacó como médico sino que al ver la cantidad de personas analfabetas se dió a la tarea de fundar una escuela.

Luego de un año de trabajo en aquella isla,“ un aviso de prensa me puso en conocimiento y la oportunidad de realizar el primer curso internacional de Malaria. Sabia del paludismo por las clases que recibí de mi profesor de patología tropical, Dr. Leopoldo García Maldonado. El Dr. Maldonado nos introdujo en la leyenda de los Cazadores de Microbios. Nos presentó a través de sus lecturas a uno de ellos, el Dr. Arnoldo Gabaldon, del cual no supe nada más, hasta el día que recibí su telegrama en el que me participaba que había sido aceptado a participar en el curso. Es así que soy es reclutado, finalmente por quien sería mi compañero y amigo personal; Arnoldo Gabaldon. Con él emprendería una lucha incesante contra el flagelo de la malaria en cada rincón de Venezuela y más allá de estas fronteras.

“Este primer curso Internacional de Malaria  fue para mi una ventana abierta a mi futuro, fue una aventura llena de riesgos, pero tenía que correrlos y buscar la manera de evitarlos. La experiencia fue buena, no hubo recomendaciones ni compadrazgos para mi ingreso a este curso, ni más tarde al Ministerio de Sanidad”.

Llegó Guerrero a la ya bautizada ciudad Jardín, Maracay, en el año 1944 donde recibía una pensión de Quinientos Bolívares, con lo cual cancelaba la pensión de Doña Magdalena López; una habitación y tres comidas diarias por 120 Bolívares, el resto lo repartía entre él y su señora para los gastos de la niña.

“Durante la realización del curso, en la Escuela de Malariología compartí con profesionales de la medicina procedentes de países bolivarianos tales como: Colombia, Ecuador y Perú, esto enmarcado en la idea del Dr. Gabaldon de consolidar la doctrina Bolivariana defendida por El Libertador”. Este curso considerado como el primer postgrado de Venezuela, lo inició el 3 de Octubre de 1944 y tendría una duración de un año, durante el cual estaría acompañado por otros galenos, la mayoría ya fallecidos, a excepción del Dr. Luís Mendoza Montani.

“Cuando me senté en el salón de clases, hoy denominado con el epónimo Dr. Gómez Marcano, ya casi todo estaba hecho: Las Estaciones de Malariología, los cursos por correspondencia, los primeros en el país; los Tijeretazos sobre Malaria, un boletín dedicado a los Inspectores, modelo para la información; la enseñanza, la comunicación y la publicidad. Este boletín tuvo demanda nacional e internacional. Cuando llegamos existían en todo el país los Colaboradores Voluntarios para el reparto de quinina; estos eran los jefes civiles, los correos, lasoficinas del telégrafo, los comisarios, los médicos de pueblo, las comadronas, los dueños de haciendas, de hatos, etc. Cuando llegamos estaba construido el Edificio de la Malariología, la casa central de los malariologos de antes”.

Posterior a la culminación del curso, el Dr. Guerrero es trasladado al estado Trujillo a realizar la pasantia de campo en la zona Trujillo-Zulia, donde durante un año, donde compartió con un colega español, el Dr. Nieto. En esa época se pagaban cincuenta Bolívares por un puesto en el autobús desde Maracay hasta La Concepción en el estado Trujillo.

De allí vuelve a la región central, específicamente a Puerto Cabello debido a la renuncia del Dr. Carlos Gil, médico de la zona. Ya el calendario marcaba el año 1945 y en la región de la Costa estuvo otros doce meses combatiendo contra la malaria.

Es necesario recordar, que a finales del año 1945 se comenzó en Venezuela el programa en escala nacional contra la malaria, por medio de rociamientos intradomiciliarios con DDT.

Hasta el año 1945 ninguna nación pudo utilizar el DDT para objetivos netamente civiles. El primer pedido de ese producto lo hizo Venezuela en fecha 2 de febrero de ese mismo año, pero problemas de distinta naturaleza, entre ellas el golpe de estado del 18 de octubre, impidieron la distribución y posterior aplicación del producto. Se hace un nuevo pedido, en esta oportunidad a la Casa de Insecticidas Mundiales C.A., la cual logró hacer una importación y vendió el 29 de noviembre a la División de Malariologia, cantidad suficiente para principiar el rociamiento en el pueblo de Morón, en el estado Carabobo. Por ello el programa comenzó el día Panamericano de la Salud, el 2 de Diciembre de 1945, a sólo seis meses de finalizar la Segunda Guerra Mundial y solo tres días después de haber llegado el insecticida.

Posteriormente recuerda el Dr. Guerrero, “una vez finalizado mi tiempo de trabajo en Puerto Cabello, fui trasladado al estado Guárico, primero en las calurosas tierras de Calabozo y de allí, a escondidas del obispo de la localidad, pase a San Juan de los Morros. En la capital guaríquense conformé un grupo de trabajo junto al señor Levi Borges quien era inspector, Carlos Barrios y demás visitadores rurales y cuadrillas”.

Tiempo después es llamado por el Dr. Arturo Luis Berti para regresar a la capital aragüeña, para dirigir una Sección en la estructura organizativa de Malariologia; es cuando empieza el trabajo de inspección de actividades médicas apoyado por unasecretaria, la Señora Josefina Aldana, quien más tarde después se convertiría en su esposa, unión que se mantiene hasta los presentes días.

Allí se permaneció hasta 1959, cuando crearon dentro de la Dirección de Malariología, la División de Endemias Rurales en la cual lo designan como jefe, donde permaneció durante diez años. A partir de ese momento, ya en la década de los años setenta, lo integran a una comisión de primera clase donde compartía méritos con el Dr. Vitanza, el Dr. Sunino, el Dr. Rubiano y el Dr. Paredes. Comisión que a pesar de sus detractores, tuvo resultados e informes muy exitosos, hecho que motivó su pronta desintegración.

Recuerda en su relato el Dr. Guerrero: “Las visitadoras urbanas fueron un grupo humano creado en el año 1938 por su colega y amigo, el Dr. Gabaldon, el cual estaba compuesto por un grupo de señoras que iban de casa en casa en los alrededores de los pueblos, en los barrios, preguntando por enfermos con fiebre, en caso de ser así, le tomaban al paciente una lámina de gota gruesa y la llevaban al laboratorio. Si la muestra era positiva enseguida iban a llevarle su medicamento y a hacerle las indicaciones de cómo iba a tomárselo. Estas señoras estaban uniformadas de pies a cabezas, con su sombrerito, su vestido, sus zapatos y maletín donde llevaban sus medicamentos, sus láminas y todas sus cosas”.

Según Guerrero, este era un modelo que no existía en el país y fue inventado por Gabaldon, y el hecho de que aquellas señoras estuviesen arregladas de tal forma era para aquella época una cosa extraordinaria. “Este personaje para mí es muy recordatorio” afirmó.

“Pero después me encuentro yo con un Señor llamado visitador rural y para mí ese es el personaje más importante que hay. Yo soy un visitador rural”. Este era un hombre que sólo tenía tercero o cuarto grado, cuando mucho, que se recogía en el campo, que sabía montar a caballo, dormir en un rancho, atravesar un río. La importancia que tiene, y que no se le ha registrado, es que llegó a tener el record de que toda la población rural lo quisiera, nadie se quejó de él. No hubo ninguna señora que se quejara de él. Este personaje llegaba a cada rancho muy educadamente saludaba pedía permiso para tomar las muestras, y todo lo iba anotando, el nombre del papá, la mamá y los muchachos. Y allí se hizo entonces un estudio de sociología muy grande ya que este hombre llegó a penetrar en la casa del hacendado como un familiar más de la casa. Siempre había café para él, y era invitado a comer aunque el siempre llevaba algo; un paquete de espagueti, de sardina, azúcar o sal o cualquier cosa” refiere Guerrero. Es por ello que se llegó a establecer una empatía tan grande entre el visitador rural y las familias que visitaba.

Este visitador rural llevaba en su maletín dos manuales, uno de conocimiento y otro formativo de su trabajo. En el primero se explicaba qué era el paludismo, cómo se trataba la fiebre, es decir, los conocimientos teóricos que se requerían. Aunque antes de darle el cargo de visitador rural, esta persona era preparada durante un mes. En el segundo manual se explicaba como iba a hacer su trabajo y como debía comportarse en la casa.

Asimismo, esta persona debía cuidar su aseo personal y afeitarse todas las mañanas por lo que llevaba una lona donde cargaba hojilla, brocha y crema. “No podía ser un hombre abandonado ni de mal aspecto”. Usaba uniforme, casco y botas. Además en su maletín llevaba su chinchorro, colgaderos y todo el material necesario, el cual era revisado periódicamente para verificar que tuviera el equipo al día.

“Este para mí es un personaje que me dejo toda la vida impresionado” resalta Guerrero. Esta persona llegaba donde no llegaba el inspector, y en esas casas buscaba mosquitos y larvas, y tomaba láminas; lo cual implicaba una aproximación mayor al medio rural. En este sentido el visitador médico fue básico para la recolección de información y por ende para el estudio de la historia natural de la malaria en Venezuela.

El Dr. Guerrero ha dedicado su vida a la salud pública, especialmente al área rural venezolana, ha vivido los cambios que en salubridad han tenido los pobladores. Si bien es cierto que gran parte de su ejercicio profesional fue dirigido al control de las enfermedades endémicas y en especial las metaxénicas, como la malaria y la enfermedad de Chagas, cuyas experiencias compartió, como docente, con venezolanos y extranjeros desde las aulas de la Escuela de Malariologia; también ha desarrollado labores de promoción de la salud y prevención de enfermedades desde la Sociedad Venezolana de Salud Pública. Con esta organización se identificó, participando en la planificación y realización de sus reuniones anuales en

todo el país, para compartir con profesionales de la salud, avances en materia de investigación, sobre diferentes temas de educación y trabajos comunitarios, hasta llegar a convertirse en el Presidente de esta Sociedad en dos periodos 1979-1981 y 1985-1987. Sus publicaciones producto de sus vivencias, son motivo de consulta

obligada para aquellos que inician su carrera profesional, en materia de salud para buscar en el pasado una referencia que traiga al presente incentivos para nuevas investigaciones, sobre todo en aquellos temas que parecen olvidados y que todavía permanecen en nuestras poblaciones.

Finalmente, su trayectoria en la salud pública venezolana le ha permitido hacer méritos para recibir reconocimientos y condecoraciones nacionales, de distintas instituciones, que no han hecho cambiar su personalidad. Se le reconoce como un maestro afable, amistoso, conversador, respetuoso; pero también estudioso, luchador, perseverante, recio de carácter, honesto y futurista aún a sus noventa años. Este pequeño homenaje es para el mejor amigo.