
Ing. Angel Castillo
Por Ing. Ángel Castillo
Luego de Una Expericia en el seno del Pueblo Indigenas…
Apenas despunta el día, comienzan a pasar los indígenas: adultos, jóvenes y niños, con una bolsa o saco en las manos rumbo al Oeste donde se encuentran las matas de mango. Todos descalzos. Los hombres camisa por fuera y desabotonadas; las mujeres formando un hilo multicolor de vestidos hechos de idéntica manera; uno azul, otro rojo, uno verde oscuro, otro amarillo, otro violeta, uno anaranjado, otro beige que fue blanco y uno floreado. Los niños sin camisa y algunos desnudos. Una hora más tarde vienen de regreso con la pesada carga a cuesta. Los niños adelante, las mujeres en el medio y los hombres detrás; todos cargando el sustento del día para mitigar el hambre. Así pasan los días y la vida en la orilla de aquel caño nuestros antecesores warao.
Ya entrada la época de lluvia, el sol tímido se esconde detrás de una nube oscura que como arte de magia pronto cubre todo el cielo. El calor sofocante empapa la piel curtida de aquella gente que se apresura a tomar su curiara para salir en busca de otro tipo de sustento. La marea comienza su lenta retirada marcando el tiempo de labores; algunos prefieren quedarse en sus janokos moldeando entre sus dedos alguna artesanía. El rugir de los truenos hacia el Delta anuncia un torrencial aguacero, la mañana se convierte en tarde y lentamente comienzan a caer gotas oblicuas mezcladas con hojas de los bucares cercanos. Pasa una manada de cotorras coreando la lluvia que las persigue y de inmediato arrecia el golpeteo ensordecedor sobre las láminas de zinc. Los niños salen a bañarse con el agua que cae de los techos. Otros lo hacen en la cuneta que va al caño y la lluvia se convierte en alegría cual bendición del cielo. Las regueras se llenan de tobos y baldes para recoger agua para tomar y hacer los oficios del hogar; entre viajes y viajes llenando los tambores se les pasa el tiempo. Algunos más audaces conducen el agua de los techos por canales hasta depositarla en tanques de concreto. En esta época del año se les ha olvidado el problema del acueducto, ya no recuerdan la última vez que les llegó agua por la tubería, esa agua amarillenta que no sirve para tomar ni para lavar y que hizo que la auxiliar de enfermera perdiera sus uniformes blancos que ahora son amarillos o beige.
Esta comunidad mixta de 1.000 habitantes aproximadamente, es en realidad dos en una. Una de criollos con calles definidas y casas bien hechas de un poco más de 600 habitantes, y la otra, distribuida a las orillas del caño con viviendas indígenas tipo palafito o de tierra firme de unos 350 habitantes. Comparten algunas cosas como la carretera, el ambulatorio y el caño, en otras están separados como en las escuelas, guarderías y programas sociales. Algunos servicios como la luz eléctrica, disposición de excretas y acueducto, sólo abastece a los criollos dejando a los indígenas excluidos. Sin embargo, se han mezclado entre ellos y han aprendido a soportarse unos a los otros.
Los warao han vivido siempre en esos caños, los cuales recorren y conocen como la palma de sus manos. Un warao de aproximadamente 70 años de edad cuenta la historia de cómo llegó allí: -“Nosotros vivíamos felices caño afuera; tomábamos de la tierra sólo lo que necesitábamos; en nuestros conucos teníamos de todo y no hacía falta venir a comprar hacia estos lugares. Teníamos siembra de arroz, de maíz, caña con la cual sacábamos papelón, yuca dulce y yuca amarga para el casabe, con el plátano y el cambur hacíamos bola en los pilones. Del agua, que es nuestra vida, sacábamos el pescado, los caños eran limpios y sin mosure.
Nuestras vidas transcurrían en completa armonía. En las aguas se reproducían nuestras imágenes y el cielo se bañaba en el horizonte. Los animales del monte nos acompañaban a todas partes; las aves animaban nuestras faenas y no sentíamos la necesidad de tomar previsiones para el futuro. El tiempo siempre era presente, comíamos bien una o dos veces al día y para mañana, cuando amanezca, veremos que hacemos; vamos al conuco, recolectamos frutas, cazamos o pescamos, pero la comida estaba allí y solo había que buscarla.
Nuestra desgracia comienza con el cierre del caño Manamo. Al quitarle la fuerza al río que llevaba hasta el mar todo lo que traía, se produce un desequilibrio y el mar avanza tierra adentro por los caños de agua dulce. Las tierras fértiles y feraces pronto negaron los frutos por la salinidad de éstas, los sembradíos de arroz y otros productos de consumo diario se perdieron. La bora fue tapando los caños lentamente, mientras que antes toda se iba al mar. La melancolía inundó nuestras almas como el río a los manglares y pantanos. Comenzamos a abandonar aquellas tierras que nos vio nacer y sentíamos que la vida se nos quedaba allí a las orillas del agua. Las ilusiones y los sueños sembrados se los llevó aquel avance del mar pero buscamos nuevos derroteros caño arriba y exploramos varios lugares. Los que logramos aprender castellano nos defendíamos mejor que aquellos que sólo hablaban warao. Después de mucho andar y batallar en la vida, llegué aquí a Buja hace más de 20 años. Mi primera mujer murió de fiebre y diarrea cuando tratábamos de sacarla a través del caño atascado de mosure o bora; allí perdimos cinco horas tratando de llegar al lugar más cercano para que la viera un médico, pero no aguantó.
En este lugar hemos asentado nuestras familias pero los problemas son ahora peores. Hace dos días murió un niño desnutrido, sólo se le veía barriga. Hace como un mes venía una mujer con novedad de los caños de afuera y, por el mosure que impide avanzar rápido las curiaras, por poco mueren los dos. Aquí sólo hay una auxiliar de enfermera, muy pocas medicinas, no hay médico, no hay ambulancia. Si aguantamos llegar al otro pueblo más cercano nos salvamos, si no, morimos. Hemos tratado de adaptarnos a otras costumbres, a otras normas, pero los gobiernos no nos han entendido; nos han marginado y se han cansado de engañarnos, por eso ya no creemos en nada; tendrán que demostrarnos con hechos que verdaderamente nos quieren ayudar a salir de este estancamiento o mejor dicho, retroceso. Ellos creen que somos brutos, que somos flojos, y no es así. ¿Por qué si somos brutos, nosotros aprendemos a hablar castellano y hay muy pocos criollos que hablan warao? ¿Quién es más bruto?
La primera ayuda que nosotros recibimos cuando vivíamos en los caños afuera, en las bocas, no fue de gobiernos de aquí de Venezuela, sino de los misioneros americanos que llegaron por allá. Ellos aprendieron nuestro idioma y nos enseñaron a leer y a escribir y eso lo sabe muy poca gente. Vea este chinchorro, esta curiara, estos remos, estas cestas y estas bolsas, todo esto lo hace nuestra gente con sus manos. Nosotros lo que pedimos es que nos comprendan y que nos ayuden a salir adelante. Queremos una mejor escuela para los niños porque los warao que han estudiado han progresado; hay maestros, enfermeras, médicos, ingenieros y otros profesionales en nuestra gente. Queremos buenas viviendas y servicios, pero sobre todo queremos trabajo, tierras, botes y conucos para mantener a nuestras familias. Con pañitos calientes no vamos a resolver nuestra situación, nuestro problema es de fondo, estructural. Las bolsas de comida que nos dan de vez en cuando, nos ayuda a mitigar el hambre, pero no resuelve nada. Usted escucha a los niños decir: Ine jobiajera o Ine nojera, tengo sed, tengo hambre ¿Cómo cree Usted que se siente uno?”- A aquel hombre se le humedecieron los ojos mientras narraba parte de su vida. Los años vividos le han dejado una huella imborrable y en su rostro se refleja la tristeza por la desventura, pero también la fe y esperanza por superar los escollos. Cree en su gente y apuesta a que si se dan las condiciones, van a progresar y a elevar sus niveles de vida.
La diversión principal de esta gente es reunirse al atardecer en el malecón que está a la orilla del caño. A las 5 de la tarde el puripuri arremete como batallones invisibles que atacan por todos los flancos de la piel. Comienza el manoteo y el zapatear para contrarrestarlos. El caño está en pleno ascenso en busca de su nivel máximo que detiene la calzada. Muchachos descalzos y sin camisa improvisan un juego de foot-ball en una cancha que no rebasa los 40 metros de longitud; los arcos son cinco palos, tres que configuran la entrada y dos que lo sujetan al pavimento. Los equipos son de 5 jugadores y participan indistintamente indígenas y criollos; quizás sea una demostración de verdadera integración. Se autonombran: Ronaldo, Rivaldo, Roberto Carlos, Cafú, Ronaldiño, Lucio, Maradona, Pelé, Caricari etc. Juegan hasta cansarse u oscurecerse, ya que la luz deficiente no permite seguir jugando. Poco a poco comienzan a llegar personas en shorts para echarse un chapuzón en el caño. Ellos saben que el agua del caño es sucia, que los botes echan aceite y gasolina en el agua pero no le paran; igualmente saben que la gente hace sus necesidades cerca de la orilla y que con la lluvias esto va a parar hasta allá, pero no les importa, sólo quieren aplacar el calor y dormir frescos hasta el otro día. El puripuri comienza a ser desplazado por los zancudos negros que atacan inmisericordemente. Sus violines acompasados chocan con los pabellones de las orejas irritados por los golpes instintivos de defensa. Las ráfagas de zancudos topan con el andar de la gente que apresura el paso hacia sus hogares. De repente se va la luz y la tiniebla corta el suspiro del caminante de la calle. La plaga pareciera triunfar en sus envestidas y desesperados todos se meten en sus casas. El silencio poco a poco domina la estancia y las velitas prendidas comienzan a apagarse. A las 8 de la noche unos están acostados y otros encerrados en sus casas echando algún cuento o recordando los episodios de los viajes a la ciudad y las vicisitudes de estos tiempos malos donde comer cada día se hace más difícil. El sueño vence las inquietudes del espíritu pero la tragedia se prolonga durante la noche.
Una mujer tiene un sueño en el cual una comisión compuesta de muchos profesionales llega a la comunidad; hay especialistas de todas las disciplinas y comienzan a reunir a toda la gente sin distingo de raza, religión, ni color político. Llegan los indígenas desde los más viejos hasta los muchachitos, algunas madres amamantando a sus bebés; los criollos se apuñan en el centro de la gallera y los indígenas alrededor, unos sentados y la mayoría parados, los más jóvenes se montaron en las tablas de arriba. Comienza el que fungía de jefe del grupo a explicar el objetivo de aquella misión y entre otras cosas dice lo siguiente: -“Nosotros somos un equipo apolítico, no venimos a pedirle votos, ni a entusiasmarlos para luego pedirles algo a cambio, sólo queremos ayudarlos para que salgan de la pobreza, de la miseria y del abandono. Y pregunta ¿Ustedes quieren progresar, vivir mejor, educar a sus hijos, tener trabajo permanente, tener salud, alimentos, buenas viviendas y servicios? A lo que contestaron con un tímido sí, o simplemente afirmando con la cabeza. Uno de los criollos comenta en voz baja: – alguna broma nos van a echar estos -. Otro que está al lado dice: – ya estamos cansados de que nos engañen, que vengan a ofrecer cosas que después no cumplen -. El Capitán de los indígenas pide la palabra y habla en warao a su gente que no entiende castellano para explicarles lo que está diciendo el jefe del grupo y las otras personas que han pedido la palabra. Luego se dirige a la comisión y dice lo siguiente: – Los programas que han venido nunca llega a los indígenas y sólo favorece a los criollos; tenemos muchos años viviendo aquí y no tenemos buenas viviendas, no tenemos luz ni agua para tomar del acueducto; a la escuela le falta maestros, aulas y un comedor, también necesitamos más ayuda de comidas y salud -. Pide la palabra la presidenta de la Asociación de Vecinos e increpa al Capitán diciéndole: – No seas tan negativo, no te desesperes, ten calma, porque no se sabe todavía los planes que traen estas personas que vienen de lejos. Aprovecha y esboza los problemas que ella cree que son de urgente solución y pide atención y colaboración para seguir escuchando a los señores visitantes -.
Toma la palabra una señora de la comisión y explica lo siguiente: – Vamos a hacer un ejercicio muy sencillo. Primero quiero que nadie se quede sin opinar, que todos hablen, sea lo que sea, uno por uno, y reparte unas hojas en blanco y varios marcadores. Van a anotar todos los problemas que ustedes tienen en esta comunidad y si no saben escribir me lo dicen a mí o a mis compañeros para anotarlos. Luego los vamos a poner en orden de importancia o de urgente solución; después de enumerarlos le vamos a dar una puntuación y con ellos vamos a comenzar a trabajar a partir de este momento para ir solucionándolos poco a poco. Eso si, los vamos a solucionar entre todos, ustedes y nosotros juntos, pero ustedes tendrán la mayor responsabilidad y nosotros los asesoraremos ¿Entendieron? A lo que contestaron que sí. Con estos problemas vamos a elaborar un presupuesto que representa sus necesidades sentidas y le vamos a buscar financiamiento por cualquier parte, dentro o fuera del país, donde haya interés en resolverles los problemas a ustedes como venezolanos que son. Nosotros tenemos las ideas, los conocimientos, la buena intención, la capacidad técnica, pero no tenemos los recursos financieros. Ustedes tienen la necesidad y el deseo de superarla, las ganas de mejorar y el recurso principal que es el humano, la fuerza de trabajo, ustedes mismos. Ustedes pueden y sólo les falta una cosa que a parir de este instante se las vamos a dar, esto es organización para el trabajo y capacitación intelectual para que desarrollen sus potencialidades -. En este momento se inicia una pelea de perros que amarrados como dos hombres, llegan hasta los pies de los indígenas que están por fuera de la gallera, se forma una algarabía y la durmiente se despierta. Ya no puede dormir más pensando en aquello que había soñado, pidió varias veces a Dios que este sueño se concretara y los gallos le anuncian un pronto amanecer.
Antes de aclarar el día comenzó a llover y a las 6 de la mañana se escuchó la corneta del único camión que carga pasajeros llamando a sus clientes. Pasó hacia el caño a recoger algunas personas que se habían anotado el día anterior, y a los 15 minutos regresó dando los últimos cornetazos para partir rumbo a la ciudad. La lluvia incesante no detuvo los pasos ligeros de los indígenas hacia las haciendas del Oeste. Mudos en su andar y empapados más de la necesidad que de la lluvia que tapaba sus ojos, iban unos tras otros por la acera del frente. Contemplarlos encogía el corazón y envilecía el alma de aquellos que tienen poder de decisión y no hacen nada por estos seres humanos. Cuánta tragedia humana se descifra en su silencio y cuántas respuestas fracasan en esa mirada de reojos. Allá van nuestros hermanos en busca de un bocado existencial, como si la naturaleza no pudiese dar más. Es el andar de la miseria sobre la riqueza del suelo, el tropezar de la vida en plena claridad del día, como si la luz del entendimiento no existiese para ellos. En un estado que lo tiene todo y que a 70 kilómetros mana el petróleo, que a escasos metros la tierra fértil se pierde en el horizonte y el agua lleva en su seno los alimentos más variados, es una realidad increíble en un país tan rico.
La mujer del sueño recibe ese día la mayor sorpresa de su vida. Ha llegado un carro extraño a la sede de la Asociación de Vecinos o Casa Comunal. Tres personas se bajan del carro: dos hombres y una mujer. La presidenta de la Asociación de Vecinos manda a buscar a todos los habitantes de la comunidad para que conozcan a estos señores que traen una buena nueva. Manda por el Capitán de los indígenas, quien en una bicicleta recorre todas las casas de su gente, y a las 2 de la tarde, en la casa comunal no cabe más nadie y tienen que mudarse para la gallera que está al lado. Cuando los señores se disponían a hablar, la mujer que había tenido el sueño interrumpió la reunión, pidió la palabra y dijo emocionada lo siguiente: -Amigos de Buja, paisanos todos, por fin ha llegado a esta comunidad la oportunidad que esperábamos, que tanto habíamos anhelado. Yo soñé con esto y le pedí a Dios varias veces con fe y me ha concedido mi pedimento. No desaprovechemos esta oportunidad porque tal vez no se repita nunca más. Todos podemos lograrlo, unámonos, luchemos como un solo hombre o como una sola mujer y hagamos lo que haga falta para salir adelante. Organicémonos, dejemos de lado el egoísmo y el individualismo. Participemos todos que la solución está en nuestras manos. Nadie vendrá a resolvernos los problemas si nosotros no sabemos canalizarlos y plantearlos. Señores visitantes, bendito sea este día maravilloso. Esta es su casa y los recibimos con los brazos abiertos, adelante -.